Aeropuertos

Pasamos la mitad de nuestra vida durmiendo y la otra mitad esperando en un aeropuerto. Ese lugar con fronteras a todo el mundo. Más parecido cada vez a un centro comercial y menos a una estación de posibilidades. Me gustan los aeropuertos. Antes, cuando volar aún era un auténtico privilegio, solía apreciar cada instante en el Jorge Chávez. Siempre que algún familiar venía de visita o alguien viajaba yo siempre me ofrecía para recibirlo o despedirlo, el aeropuerto me parecía un lugar mágico.

Ahora viajar supone convertirse en sospechoso con el único delito de volar. Pecado innombrable, parecido al pecado original, porque no se sabe que mal se ha cometido pero todos actúan como si el viajero fuera un delincuente: tiene que quitarse los zapatos, el cinturón y la dignidad para que pasen por el escáner.

Este es el mundo después del 11 de septiembre y antes del fin del petróleo. Y los aeropuertos son los símbolos de ese mundo: un lugar donde puedes encontrar a cualquiera: a un premio nobel, a un presidente, a un fugitivo y donde es posible comprar cualquier cosa: una naranja, un celular o un televisor. Lugares donde todo es posible y todo es difícil, donde dos desconocidos hablan sobre sus vidas mientras acampan en las salas de embarque y pueden decirse sinceramente: HASTA NUNCA.

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